’30 años de la riada’: una exposición para que no se vuelva a repetir
Treinta años después de la riada que cambió para siempre la historia de Yebra y Almoguera, ambos municipios se han unido para mirar al pasado con respeto, dolor… y determinación. La exposición ’30 años de la riada’, presentada hoy, 5 de agosto, en rueda informativa, es un proyecto conmemorativo que reúne una selección de más de 200 fotografías y dos documentales con testimonios reales de quienes vivieron aquella tarde del 9 de agosto de 1995.
Qué es lo que ocurrió

La muestra
La muestra —una iniciativa conjunta de los ayuntamientos de Yebra y Almoguera— se compone de paneles cronológicos que narran, a través de impactantes imágenes, el avance del agua, sus efectos devastadores sobre viviendas, calles y personas, y el lento proceso de reconstrucción posterior. Las fotografías fueron tomadas por el fotoperiodista Javier Castañón apenas dos días después de la tragedia. Constituyen un testimonio gráfico único. La exposición se enriquece, además, con material audiovisual procedente del archivo de la Diputación Provincial de Guadalajara y del Centro de la Fotografía y la Imagen Histórica de Guadalajara (CEFIHGU), que han cedido valiosas imágenes de vídeo utilizadas en los documentales. Completan el recorrido dos piezas audiovisuales con los testimonios directos de vecinos y vecinas.
Durante la presentación, los alcaldes de ambas localidades han compartido la misma mirada constructiva sobre la tragedia, la de la memoria como herramienta para proteger el futuro.
Juan Pedro Sánchez, alcalde de Yebra, recuerda que “diez personas perdieron la vida y el pueblo entero quedó marcado para siempre. La exposición y el vídeo recogen testimonios reales, valientes, llenos de humanidad. Palabras e imágenes que nos emocionan, que nos enseñan”. La exposición, añade, “nos muestra el rostro de la tragedia… pero también el de la esperanza y la solidaridad. Porque recordar es también una forma de honrar, pero sobre todo, de prevenir”.

Esta exposición no es solo un homenaje. Es también una llamada a la prevención y al aprendizaje. A no olvidar que el agua puede volver. A entender que hay decisiones que salvan vidas, como las de no urbanizar en zonas inundables, cuidar los cauces y limpiarlos, proteger el terreno con vegetación, y actuar siempre con previsión.
Como expresa Juan Pedro Sánchez, “lo que vivimos aquel día no se puede borrar, pero sí podemos aprender. Hoy, Yebra es un pueblo más preparado, más unido, más consciente. Que estas imágenes y documentales sirvan para que nunca más tengamos que sufrir una tragedia así. Que el recuerdo de las víctimas sea siempre una guía”.
Antonio Barona lo resume también con claridad. “La naturaleza habla, y debemos escucharla. Almoguera es hoy un ejemplo de resiliencia. Pero no olvidamos. Y por eso compartimos esta memoria. Para que lo vivido no se repita. Para que el dolor de ayer nos sirva para construir un mañana más seguro y consciente”, afirma.
La exposición ofrece además una dimensión profundamente humana, la de quienes lo vivieron. Personas que, décadas después, aún sienten cómo retumba en sus cuerpos y mentes aquella noche en que el cielo se cerró de golpe y el agua lo arrastró todo.
Sonia Torre, que entonces tenía 18 años, recuerda como, de repente, se hizo de noche, pasadas por poco las nueve. “Estábamos en el bar de Yebra. Un niño entró con pájaros muertos entre sus manos. Se estrellaban contra las paredes, sin motivo aparente. El agua empezó a salir por los sanitarios sin que aún lloviera de manera brutal. Nos subimos a la barra, luego al tejado, haciendo un agujero en el techo. Nos pasaban abrigos con una soga desde la plaza de toros. Cuando bajó el nivel, oíamos gritos, gente buscando a sus familiares… Aquello no se olvida. Diez personas en un pueblo tan pequeño… O eran familia o eran amigos”.
Sergio Villalba tenía 11 años. Lo vivió, en Almoguera, con el miedo de no saber si volvería a ver a su padre. “Estaba trabajando junto al río, en una presa, en el trasvase. No supimos nada de él hasta el día siguiente. Esa noche no dormí. Pensamos que el agua nos arrastraría cuando entró en la primera planta de mi casa. Vi coches flotando, bloques de asfalto. Recuerdo estar en la cama con mi madre, esperando. Cuando apareció mi padre, lloramos y dormimos abrazados toda la mañana. Hoy, cada vez que llueve fuerte, recojo a mis hijos y me voy a casa. Nadie lo entiende… salvo quien lo ha vivido”, afirma.
’30 años de la riada’ es, en definitiva, un acto de memoria, pero también un ejercicio de responsabilidad colectiva. Una invitación a mirar atrás, no con nostalgia, sino con conciencia.
